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Ilegales, tigres en los locales de ensayo

estudio Ahora que vivimos en un mundo en el que un joven talento musical se puede despertar un buen día en su cama convertido, sin él saberlo y por arte de millones de visitas inesperadas a su vídeo-clip, en la nueva sensación universal del género que toque en ese momento, no está de más, sobre todo en este país de todos los demonios (desmemoriados), hacer un poco de memoria histórico-musical y recordar a bandas que marcaron a generaciones enteras de jóvenes inquietos, con el sano objetivo de celebrarlas en vida, tal y como ellas mismas se han ganado a base de crear y bregar con la carretera. Viene a cuento la interminable frase porque en estas fechas se está produciendo una gira por estos lares de uno de los grupos más importantes del pop, o del rock, del último medio siglo español: los asturianos Ilegales, comandados con mano de hierro en guante de seda por el irrepetible e incombustible Jorge Martínez. Este tour coincide en el tiempo con otra exitosa reunión de grupo imprescindible del rock patrio, punkarra en este caso. Afortunadamente, Evaristo y sus secuaces volvieron con La Polla Récords a los locales de ensayo y están reventando los recintos que visitan, con la consiguiente aunque escasa cobertura mediática en los grandes medios nacionales. Pero esa es otra historia para no dormir que se abordará más adelante.

Volvamos ahora a los prados asturianos donde habíamos dejado a Jorge El Magnífico quitando el polvo a sus soldaditos de plomo en su mansión misteriosa. La reciente visión del estupendo documental Mi vida entre las hormigas, realizado en 2017 por Chema Veiga y Juan Moya, produjo en el abajo firmante, además de alborozo adrenalítico y ganas de escapar corriendo al concierto más cercano del grupo, una extraña sensación de que los autores habían logrado una cierta justicia poética al poner de relieve la azarosa existencia de Jorge y sus aventuras, más allá de sus incalculables valores musicales. Sin embargo, eché de menos voces que contaran la experiencia ilegal desde el punto de vista del oyente. Nadie explica en la película lo que pudo suponer en aquellos primeros ochenta para un adolescente de provincias recibir en su cerebro una canción como, por poner el ejemplo primero y más significativo, “Soy un macarra”. Si en tu pueblo el acceso a las emisoras de radio estatales estaba restringido entonces -nada extraño en determinadas latitudes-, era probable, salvo algunas honrosas excepciones, que despertaras de buena mañana con Luis Miguel, pasaras el día acompañado de José Luis Perales o Chiquetete y te fueras a la cama con Julio Iglesias (ejem), con todos mis respetos hacia ellos. Cuando en ese momento, de repente se coló por las ondas aquel “Hay un tipo dentro del espejo…”, seguido de unas notas de guitarra saltarinas como pasos de zorro, la cosa cambió, y mucho, en bastantes de aquellos cerebritos blandos y moldeables. Y no se trataba solo de que el “hostia” del estribillo sonara raro y divertido en las orejas casi vírgenes de un infante por pulir; no, era más la sensación de que en eso del rocanrol podían pasar las cosas de otra manera. Y claro, ya estaba el lío armado.

De ahí a la búsqueda y escucha del disco al completo, el segundo en este caso, solo había un paso. Y aparecieron en todo su esplendor las joyas del Agotados de esperar el fin para quedarse durante una muy larga temporada dando vueltas en el plato o la pletina: “Odio los pasodobles”, “Destruye”, “La chica del club de golf” o el temazo que da título al disco. Lo que no se podía imaginar en aquel momento el jovenzuelo provinciano que se cantaba en su habitación un tema como “Stick de hockey”, era que no se trataba de una licencia metafórica sobre la ultraviolencia, sino más bien de un autorretrato de los días en los que el irrefrenable Jorge salía de casa armado con el contundente instrumento, por si había que templar ánimos durante la larga noche ochentera.  Y más tarde, en un salto hacia atrás, el descubrimiento del primer L.P. con gloriosa portada de Ouka Leele y el buen puñado de clásicos en su interior; una declaración de intenciones en cada corte, desde el mismo inicio, uno de los mejores del rock ibérico, con “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”. Después, once canciones más que conservan intactas toda la frescura y mala hostia, para conformar un debut en largo incontestable por cualquiera de sus ángulos: “Yo soy quien espía los juegos de los niños”, “Hombre solitario”, “La casa del misterio”, “Problema sexual”, etc. En fin, no se libra ninguna. Y es que estos discos, del 83 y el 84, respectivamente, ya contenían todas las esencias del estilo que Jorge Martínez seguiría cultivando hasta nuestros días. Rasgos que ya habitaban como tigres en los primeros locales de ensayo, como su inclasificable voz, su humor torcido, la presencia arrolladora y protagonista de la guitarra o las letras de lucha (sin caer en lo panfletario), y que convirtieron desde entonces a los Ilegales en la bestia que ya no dejaría de crecer.

En el documental citado al principio de este artículo, Mi vida entre las hormigas, el estupendo músico y fino escritor Igor Paskual, acierta de pleno al definir como “música esquelética” el intransferible estilo ilegal. En la película, de obligado visionado, también queda clara la precocidad en el genio de Martínez, al escucharse de fondo unas maquetas de la banda embrión de lo que vino después, Madson. En ellas, aunque desarrollada en otra clave más jamaicana y con aroma a locales de ensayo, ya se oye la que años más tarde se convertiría en otra bandera de la formación, la maravillosa “Ángel exterminador”.

Después del 84 llegaron el Todos están muertos, el Directo, los Chicos pálidos para la máquina, y el resto de trabajos siempre honrosos, todos con un buen ramillete de canciones perdurables. Por el camino, las temidas bajas de compañeros, los cambios de formación y los períodos de barbecho, pero siempre desde la más absoluta coherencia de Jorge Martínez, el motor de todo. Ahora, en el Rebelión Tour, están agotando las entradas y electrocutando los recintos de aquí y de Sudamérica, tierra donde siempre supieron reconocerlos. Con grupos como los Ilegales siempre parece que toda la atención que se les preste es poca. Menos mal que ahí siguen, pariendo canciones como soles de invierno. Ojalá sus hijos bastardos sigan llenando los locales de ensayo. Larga vida.

Ángel G. Alonso